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Inicios de la Emancipación Venezolana PDF Imprimir E-mail

 Inicios de la Emancipación Venezolana  

Centro Nacional de Historia

En la República que se construía sobre la sociedad colonial la separación tajante entre unas “calidades” superiores y otras inferiores fue el primer parámetro de una serie de exclusiones que terminó cristalizando un despotismo criollo. Pero en esta sociedad que, a su vez, está luchando por excluir a los pardos del sacerdocio, los estudios universitarios, la carrera militar y los cargos de la burocracia local, son también excluidos los españoles de segunda en la Metrópoli, a los cuales se les impide ejercer los altos cargos de la burocracia imperial en América. Ambos sectores sociales están entrampados en una maraña ideológica que justifica la desigualdad.

 

Sin embargo, muestran indicios del surgimiento de una soberanía mental al reconocerse como aptos e iguales para desempeñar oficios que les estaban vedados, o para ejercer directamente el gobierno, como es el caso de la élite mantuana, que se reconoce como clase dirigente y rompe el velo ideológico y el nexo político de la dependencia y la colonialidad. Podríamos decir que cada sector de esa sociedad excluyente se encuentra en un proceso de descolonización mental, de lucha por la soberanía mental. Posiblemente es un comienzo tímido si lo comparamos con la insurgencia de José Leonardo Chirino, cuando los negros de la serranía de Coro, reconociéndose capaces, se rebelan contra todo el sistema de dominación, en especial la esclavitud impuesta por la monarquía.

 

La Sociedad Venezolana en víspera de la Independencia

 

El venezolano de fines del siglo XVIII se fue conformando durante 300 años. La sociedad venezolana es producto de la mezcla étnica, la cual se fue fraguando a partir de la invasión de españoles y la posterior inmigración forzada de africanos sometidos a condiciones de esclavitud. No obstante, ese mestizaje que, para cierta historiografía complaciente con los poderes imperiales, expresa un relacionamiento sexual exento de prejuicios raciales, es, sobre todo, expresión de las relaciones de dominación y subordinación tanto de raza como de género. Es en gran medida el resultado del dominio de blancos peninsulares y criollos sobre indias y africanas sometidas a servidumbre y esclavitud. De allí la existencia de altos índices de relaciones informales y de ilegitimidad en la población mestiza, aspectos que constituyen evidencias del carácter opresivo de las relaciones interétnicas, tanto más cuando la ilegitimidad de nacimiento constituía una tacha social que subordinaba más a los ya subordinados por su origen étnico, su condición social y género.

 

La sangre “limpia”

 

El mecanismo de exclusión es un complejo de valores que se sintetiza en el honor, cuyo ingrediente fundamental es la calidad. La población era clasificada en calidades: de calidad blanco, de calidad mulato, negro o indio, entre otras. Pero, aunque la calidad de blanco era la valorada positivamente, no bastaba con ser blanco para tener honor y, por tanto, para estar en la cúspide de la pirámide social. Además de tener calidad de blanco y ser limpio de sangre, es decir: no tener sangre de moros, judíos o negros, para tener honor era necesario ser descendiente de los primeros conquistadores y pobladores, tener abolengo, ser noble y ser hijo legítimo. Todos esos atributos, juntos, acreditaban a los hombres que los poseían para desempeñar funciones y detentar privilegios que sólo podía ejercer la gente con honor. Entre éstos estaban ocupar cargos en el cabildo, ser oficiales de milicias de blancos, estudiar en la universidad, ser sacerdotes, tener hacienda y esclavizados, usar espada, oro, perlas, y que sus mujeres pudieran usar mantos y alfombras para asistir a las iglesias. En la sociedad venezolana de fines de la colonia esos atributos eran exclusividad de los blancos criollos o mantuanos, quienes reconocían como pares, únicamente, a los altos funcionarios y grandes comerciantes peninsulares.

 

 

La sociedad colonial vista por Alejandro de Humboldt

 

En las colonias la verdadera señal exterior de esa nobleza es el color de la piel. En México como en el Perú, en Caracas como en la isla de Cuba, se oye decir diariamente a alguno que anda descalzo: ‘Ese blanco tan rico, ¿creerá que es más blanco que yo?’. Muy considerable como es la población que la Europa puede derramar en la América, se comprende que el axioma: todo blanco es caballero, contaría singularmente las pretensiones de las familias europeas cuyo lustre data de bien atrás. Hay más todavía: la verdad de ese axioma ha sido desde ha largo tiempo reconocida en España, en un pueblo justamente célebre por su lealtad, su industria y su espíritu nacional. Todo vizcaíno dice que es noble: y como existen más vizcaínos en América y en las Filipinas que en la Península, los blancos de esta raza han contribuido no poco a propagar en las colonias el sistema

de igualdad de todos los hombres cuya sangre no se ha mezclado con la sangre africana.”

 

Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente.

Caracas,

Ediciones del Ministerio de Educación, 1956, t. II, p. 264.

 

 

 

La insurrección de José Leonardo Chirino

 

Zambo libre dirigente de la insurrección de negros, mulatos e indígenas surgida en la serranía de Coro en 1795. Sus ideales se basaban en la lucha por la eliminación de la esclavitud y por la igualdad de las clases sociales; por la supresión de los privilegios y la derogación de los impuestos de alcabala. Chirino era jornalero en la hacienda de la familia Tellería y parte de su trabajo consistía en viajar hacia las Antillas: Saint-Domingue y Curazao. Estos viajes influenciaron a Chirino, empapándolo de los preceptos libertarios que sustentaban la rebelión de negros en Saint-Domingue (Haití), de manera que la insurrección de la serranía coriana contó con un elemento ideológico ausente en las demás rebeliones.

 

Por otra parte, José Caridad González, negro prófugo de Curazao, bien enterado de los movimientos revolucionarios en Saint-Domingue, se estableció desde muy joven en las costas venezolanas y su principal oficio era ayudar a otros negros antillanos a fugarse y refugiarse en tierra firme. González y Chirino idearían juntos en Curimagua (estado Falcón) la rebelión del 10 de mayo de 1795. Los insurrectos, entre libres y esclavizados, se calculan en 200 hombres y mujeres. La acción implicó la quema de haciendas, el secuestro de blancos y la recluta de guerrilleros, lo que hace aumentar el contingente a 300 rebeldes en menos de un día. La rebelión fue sofocada por las autoridades en poco tiempo. Los integrantes de la revuelta no pudieron resistir el embate de las fuerzas españolas y fueron asesinados a cuchillo, culatazos y decapitaciones.

Chirino fue capturado en agosto de 1795 y trasladado a Caracas, condenado a muerte por la Real Audiencia el 10 de diciembre de 1796. Finalmente, fue decapitado en Caracas y sus extremidades expuestas en los caminos hacia Coro y Aragua como ejemplo del castigo a quienes se sublevaran. Esta insurrección, aunque fallida, es considerada como uno de los movimientos políticos originarios que expresó en su tiempo las demandas sociales que confluirían en el complejo proceso de la Independencia.

 

 

Una Revolución Perdurable

 

La abolición del absolutismo francés, la eliminación del feudalismo, la servidumbre, los privilegios, la afirmación de la soberanía popular y la consagración de los derechos del hombre: libertad, igualdad, fraternidad, seguridad y propiedad, serían algunos de los componentes de la Revolución Francesa que darían inspiración a los movimientos independentistas en Venezuela y en toda la América española. Movimientos como el de José Leonardo Chirino en 1795, la conspiración de Gual y España en 1797, la expedición libertadora del generalísimo Francisco de Miranda en 1806, así como el pensamiento político de Simón Bolívar y otros muchos actores de la Independencia venezolana, tendrían una influencia directa del proceso político y social francés emblematizado por la toma popular de La Bastilla.

 

 

La Revolución en Haití

 

Nuestramérica encuentra en Haití, en 1804, la primera revuelta de acento profundamente revolucionario. La Revolución Haitiana, iniciada en 1791, se produjo en la colonia de Saint Domingue por un pueblo esclavizado, ganado para la libertad e igualdad, preciados sueños arrebatados por las clases dominantes. Fue incentivada por la Revolución Francesa, asimismo, por la Independencia de las colonias norteamericanas en 1776, sin querer decir esto, que sea su consecuencia inmediata o mera imitación de las mencionadas, como quieren hacer ver algunos historiadores. La Revolución Haitiana fue un acontecimiento muy complejo porque todos los grupos raciales tenían conflictos: mulatos, blancos, esclavos negros se encontraban enfrentados. Como factor fundamental estuvo las contradiciones internas del sistema esclavista. Haití es la cuna de la revolución caribeña. El siglo XVIII no entendió el carácter independentista y antiesclavista de la Revolución de Haití, por eso se le marginó por ser un movimiento de escasos manifiestos, desconociendo que la escritura fue un privilegio de los blancos.

Revolución de Gual y España

 

Manuel Gual, capitán retirado de la Milicia Regular de Caracas, y José María España, militar de carrera que ejerce el cargo de teniente Justicia Mayor de Macuto, son los cabecillas y animadores de la conspiración política descubierta por las autoridades españolas el 13 de julio de 1797. Gual y España son admiradores de la Revolución Francesa y partidarios de la forma de gobierno republicana. En La Guaira han tenido vivo contacto con las influencias revolucionarias que proceden de Europa y de las Antillas a través del populoso puerto venezolano. Los reos políticos españoles Juan Bautista Picornell, Manuel Cortés Campomanes, Sebastián Andrés, José Lax y otros, prisioneros en La Guaira por rebelarse contra la monarquía en la Península, son frecuentados secretamente por José María España. Ellos colaborarán con un extendido movimiento secreto que integra a pardos, esclavizados y blancos. Se planea una insurrección de civiles y militares contra el poder español, con la intención de desencadenar la “Revolución del Pueblo Americano” y declarar la independencia de las provincias de Venezuela, en nombre de la igualdad de los hombres y la libertad de la patria. La conspiración de Gual y España fue delatada por el cura del Sagrario de la Iglesia Catedral, cuando el capitán Domingo Lander le confesó haber sido invitado a la sedición por los barberos pardos Francisco de León y José Chirinos. La represión fue amplia y cruel. Buena parte de los conjurados sufrió ejecución sumaria o penas atroces como el descuartizamiento.

 

Gual y Miranda

 

Manuel Gual, quien mantenía correspondencia con Miranda en Londres, le explicaría desde su destierro en Trinidad, el 12 de julio de 1799: “La revolución se malogró porque estando yo fuera de Caracas descubrió el gobierno el plan, por la imprudencia de un necio. Se apoderó de muchas personas, y tomó las providencias más activas en La Guaira y Caracas, y desconcertadas ya las cosas, me salvé con el objeto de pedir auxilios en las Colonias Inglesas que aún esperan mis compatriotas”. Gual moriría, verosímilmente envenenado por un agente español que había ganado su confianza, el 25 de octubre de 1800. Quince días antes Miranda le había escrito una carta que la muerte no permitió leer al ilustre conspirador, exhortándolo: “Trabajemos, pues, con perseverancia y rectas intenciones en esta noble empresa (…), delegando a nuestros virtuosos y dignos sucesores el complemento de esta estupenda estructura, que debe si no me engaño sorprender los siglos venideros”.

 

Rebelión de Pirela

 

Para finales del siglo XVIII se gestó en la ciudad de Maracaibo una rebelión en contra del poder colonial español de la mano del Subteniente de la milicia de pardos Francisco Javier Pirela y del vicario eclesiástico Joseph Francisco Suárez junto a los corsarios Juan Gaspar y Agustín Bocé provenientes de la capital haitiana Puerto Príncipe. Con 200 hombres y dos goletas (El Bruto y La Patrulla) los insurgentes planeaban atacar la ciudad, matar a los ricos y establecer una República independiente, pero el 19 de mayo de 1799 la conspiración fue traicionada y desvelada ante el gobernador por un miliciano local. Al ser arrestado cuatro horas antes de comenzar la operación el mismo Javier Pirela hubo de confesar la asonada ante las autoridades coloniales. El gobierno colonial sólo pudo arrestar a 68 de los implicados, mientras Pirela fue condenado por el delito de Lesa Majestad a diez años de cárcel en el castillo de El Morro en la Habana, Cuba.

 

 

Milicias

 

Conjunto de personas, que de manera voluntaria, se ofrecen a la defensa del territorio. En Venezuela, evolucionaron desde su estructura rudimentaria de finales del siglo XVII, hasta la Milicia Nacional que recibió la república de 1830. Para la segunda mitad del siglo XVIII, las milicias se habían organizado de acuerdo a las disposiciones reales, en 4 cuarteles: Caracas, San Felipe, El Tocuyo y Valencia; el total de soldados sumaba 6.000 milicianos entre blancos, pardos, morenos e indios, de los cuales, los últimos usaban como armas, flechas, macanas y lanzas cortas, mientras que el resto recibía el armamento de los almacenes reales.


La Expedición de Miranda

 

Comienzos de 1806, Francisco de Miranda se encuentra en Washington buscando el apoyo de las autoridades norteamericanas para finiquitar los detalles de la expedición con la cual procuraría liberar América del sur. Sin embargo, las condiciones no le son del todo favorables y los estadounidenses se niegan a comprometerse oficialmente. En todo caso, el Precursor, por medio de influyentes amistades, logra conseguir armamento y pertrechos para iniciar su empresa a bordo de un buque, el Leander, al que bautiza con el nombre de su hijo. Para el 2 de febrero de 1806, la embarcación se dirige al puerto de Jacmel, ubicado al sur de la isla de Haití. Una vez en el lugar los expedicionarios reciben la ayuda logística del emperador Jean-Jacques Dessalines, prócer de la revolución haitiana.

 

El 12 de marzo de 1806, los preparativos de la expedición están en su fase final. Ese día ondea en el mástil del Leander, por primera vez, el tricolor que caracteriza nuestra actual bandera patria. Doce días después los miembros del “ejército colombiano” se reúnen en la cubierta del navío y prestan juramento de fidelidad “al pueblo libre de Sur-América”. Después de sortear varios inconvenientes, el 27 de marzo zarpa de Jacmel la flotilla integrada por el Leander y dos goletas: la Bacchus y la Bee. Luego de una breve travesía, la noche del 26 de abril de 1806, la expedición mirandina llega a las costas de Ocumare (estado Aragua), localidad que ha sido escogida para el desembarco. La dispersión de las fuerzas y la inexperiencia determinan el fracaso de las acciones y las goletas son capturadas junto a sus 58 tripulantes

 

En Coro

 

Seguidamente Miranda reorganizará sus fuerzas en la isla de Trinidad, donde arriba el 24 de junio de 1806. Allí recibe una tímida colaboración del gobernador británico Thomas Hislop. Un mes después, el Leander navega de nuevo con destino a las costas venezolanas, desembarcando el 3 de agosto de 1806 en la Vela de Coro (estado Falcón). En esta fecha ondea por vez primera en tierra firme el pabellón nacional. Al día siguiente el Precursor ordena proseguir la marcha hacia la vecina ciudad de Coro para procurar que el pueblo se una a la “causa de la libertad”. Sin embargo, la llegada de Miranda ha sido anticipada por las autoridades españolas, las cuales han ordenado desalojar toda la localidad, dejando a los expedicionarios sin un enemigo al que combatir. Ante esta situación Miranda decide abandonar el territorio el 13 de agosto de 1806, dando por finalizada la gesta que, a la luz de nuestros días, es el primer movimiento emancipador del siglo XIX venezolano.

 

Proclama de Coro

 

Obedeciendo a vuestro llamamiento, y a las repetidas instancias y clamores de la Patria, en cuyo servicio hemos gustosamente consagrado la mejor parte de la vida; somos desembarcados en esta Provincia de Caracas, la coyuntura y el tiempo nos parecen sumamente favorables para la consecución de vuestros designios (...) llegó el día, por fin, en que, recobrando nuestra América su soberana Independencia, podrán sus hijos libremente manifestar al Universo sus ánimos generosos.”

 

Francisco de Miranda, Coro, 2 de agosto de 1806.

 

 

Francisco de Miranda

(1750-1816)

 

Caraqueño de trascendencia universal participó en la Revolución Francesa y en la Independencia de EE.UU. Desde joven soñó con la Independencia de la América Española, planificando el proyecto de unidad continental, que Simón Bolívar defendió años más tarde. Figura clave en la I República, por el papel jugado a su regreso al país en diciembre de 1810, organizando la Sociedad Patriótica factor clave en la proclamación de independencia el 5 de julio de 1811. El 19 de mayo de 1812 se le otorgaron poderes especiales para defender al país ante el avance de los realistas, pero no tuvo éxito por la desorganización y el no reconocimiento del mantuanaje a su autoridad, de allí que firmara la Capitulación de San Mateo el 25 de julio de 1812 con el jefe realista Domingo Monteverde, siendo acusado de traidor por un grupo de patriotas quienes lo entregaron a los españoles. Fue arrestado y enviado a la prisión de Cádiz donde murió en 1816.

 

 

 

Testigos de una expedición

 

Abrió las puertas de Coro a Miranda

 

Pedro José Agüero Hidalgo era un hombre blanco natural de la provincia de Jerez de la Frontera (España) y fue acusado de infidente el 11 de noviembre de 1806, por haber matado a un hombre llamado Francisco Herrera y colaborado con la entrada de Miranda a la ciudad de Coro el 3 de agosto. Después de su captura, Agüero Hidalgo fue confinado en la real cárcel de Coro, colocándoselo grillos en manos y pies.

 

“Contra Don José de Agüero con motivo de la invasión de Miranda (1806)”, AGN, Causas de Infidencia, t. XXXIX, exp. 3, fs. 117-121.

 

Escucho a Miranda decir que no venía a hacer daño…

 

Concepción Pellón fue interrogada por las autoridades del gobierno español, las cuales se proponían indagar sobre los hechos relacionados con la llegada de Miranda y su tropa a Coro, el 4 de agosto de 1806. Era sospechosa de haber ayudado a Miranda, a quien conoció en su casa, debido a que éste fue de visita después de haber sostenido una larga conversación con su padre en la calle principal de la ciudad. En su declaración expresó que escuchó a Miranda decir que no venía a hacer daño a ningún poblador, sino que se disponía a traer la paz y la tranquilidad. Agregó que Miranda traía un pliego cerrado, el cual pretendía dirigir al Ayuntamiento y tenía mucho interés en conocer a Nicolás Yánez, quien era el administrador de Correos de Coro. El hecho de que Pellón era hija de un alto funcionario de gobierno tuvo una incidencia determinante para que no se presentasen cargos en su contra.

 

“Proceso penal por delito político seguido en 1806. Rels (sic) con la Invasión de Miranda (1806)”, AGN, Causas de Infidencia, t. XL, exp. 1, fs. 1-259.

 

 

La Conspiración de los Mantuanos

 

La llamada Conspiración de los Mantuanos, escenificada el 24 de noviembre de 1808, constituye uno de los episodios medulares del complejo proceso que desembocará en la ruptura definitiva del vínculo político que nos unía al Imperio español. Usualmente socorrida como preámbulo de la Independencia por parte de la historiografía de amplia circulación, el llamado que hiciera un grupo reducido de blancos, criollos y peninsulares, a la conformación de una Junta, similar a las que tenían lugar en España por aquellos días, puede ser hoy objeto de interpretaciones diversas. Más que un levantamiento contra las autoridades coloniales, o un prematuro intento por zafar los vínculos de fidelidad que nos unían al rey y para ese momento con las instituciones españolas. De modo que la llamada conjura no fue tal. Se trató, más bien, de una iniciativa que buscó darle cumplimiento a un proyecto de resolución previa del gobernador y capitán general de Venezuela, Juan de Casas, en momentos en que la conformación de organismos similares en España era la forma de garantizarle al monarca la custodia de su soberanía, mientras éste volvía al trono. Estas iniciativas del año 1808 se distinguen de las que tendrán lugar en 1810, en el hecho de que se verifican cuando en España el movimiento juntista resume la acción adelantada en la península contra la invasión francesa. Las Juntas que se conformarán, como la del 19 de abril de 1810 en Caracas, no reconocerán la autoridad de los representantes de las instituciones monárquicas en América y, al contrario de éstas que estaban en perfecto acuerdo con lo sucedido en España, desconocen abiertamente la autoridad del Consejo de Regencia, cuyo funcionamiento desplazó el de las Juntas y significó el retorno del funcionamiento de las instancias propias del régimen monárquico en la península.

 

 

El fuego que encendió Napoleón

 

En 1808, Napoleón Bonaparte invadió la Península Ibérica haciendo abdicar al rey Fernando VII a favor de su hermano José Bonaparte, lo cual propició la formación de juntas que repudiaban a Bonaparte y defendían al rey. La más importante en España fue la Junta Suprema Central, pero en 1810 ésta es sustituida por el Consejo de Regencia e Indias, en el cual es aceptado un solo representante de las colonias americanas. Este hecho tuvo un gran impacto en América, pues revelaba la visión colonialista que mantenían las autoridades españolas, que pese a la crisis se negaban a darles derechos políticos a los americanos.

 

Abdicaciones de Bayona

 

En mayo de 1808 Con las abdicaciones de Bayona se planteaba una situación inédita, inesperada y nada previsible en el sistema monárquico. En ningún estatuto ni resolución estaba contemplada la posibilidad de que el rey renunciara. Lo sucedido en Aranjuez y, más tarde, lo verificado en Bayona (Francia) abrieron paso a una situación sin precedentes. Pero, al dejarle a Napoleón el reino de España, los reyes no sólo renunciaban al trono, también estaban renunciando a la soberanía: en la monarquía, al igual que en los regímenes políticos modernos, la soberanía reside en el pueblo, sólo que en el sistema monárquico el rey la ejerce en su nombre. Y en su nombre, según unas cuidadosas pautas de sucesión basadas en los vínculos de padres a hijos, se sucedía su ejercicio. Lo acaecido en España ese año de 1808 no figuraba en el libreto de funcionamiento de la monarquía, porque el príncipe de Asturias, hijo del rey Carlos IV, había sido coronado rey de España no con motivo del deceso de su padre, sino en razón de un motín popular.

 

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